Hollywood siempre fue un lugar difícil, polémico y controlador, según afirman varios profesionales que ahí han trabajado. Además, su cine – el de baja calidad – domina las salas de muchos países y evangeliza a espectadores a través de sus contenidos fáciles, sobre todo en la ya bastante evangelizada Latinoamérica.
Como si eso no fuera suficiente, el Perú acaba de vivir un caso insólito: la distribuidora UIP, a través de su oficina local, ha censurado algunas escenas de la comedia The Heartbreak Kid (Peter y Robert Farrelly), estrenada en el país con el título La mujer de mis pesadillas.
La censura se dio declaradamente por escenas de “sexo”, pero, en realidad, tiene que ver con la calificación de público de la película que, por mayores beneficios comerciales, fue cambiada de 18 a 14 años por la distribuidora.
El texto que sigue, de la Asociación Peruana de Prensa Cinematográfica (APRECI), da más detalles sobre el asunto y deja su mensaje, que puede ser entendido como un alerta a otros países además de Perú. Censura, además de un asalto, es una falta de respeto no sólo con el autor de una obra, sino también con su público.
Por Camila Moraes
APRECI deplora censura a película La mujer de mis pesadillas
La Asociación Peruana de Prensa Cinematográfica (APRECI) deplora las mutilaciones hechas por la distribuidora cinematográfica United International Pictures (UIP) a la película The Heartbreak Kid, de los hermanos Peter y Robert Farrelly, estrenada en nuestro país el jueves 1 de noviembre como La mujer de mis pesadillas.
La colocación de rectángulos negros, a manera de parches, sobre un par de escenas, constituye flagrante censura a una obra que debería exhibirse sin la menor alteración por parte de sus distribuidores, y además, es una notable falta de respeto al público, que merece apreciarla tal cual.
La mujer de mis pesadillas corresponde a un público mayor de 18 años. Sin embargo, se estrenó como si lo fuera para espectadores mayores de 14. Eso explica la escandalosa mutilación de escenas que UIP consideró impertinentes para un sector de la platea. Es decir, se estafa al público adulto, recortándole un producto que tiene derecho a ver en su integridad, y a la vez al público adolescente, al que se le atrae a ver un contenido incompleto.
La primera escena censurada es muy rápida, aproximadamente en el minuto 62 del metraje. Al interior de un salón donde, según un cartel, se bailan “danzas mexicanas folclóricas”, se aprecia a cierta distancia a un falso burro simulando penetrar a una mexicana, que está vestida. El parche oculta el supuesto falo.
En la segunda escena, en el minuto 84, el encuadre es más cerrado y explícito. En la playa, luego de sufrir el ataque de una medusa en la espalda, el personaje de Ben Stiller está echado boca abajo en la arena, su pareja se baja el pantalón y orina en la zona afectada, dejando ver en plano detalle su vagina, donde tiene un piercing. El parche, inmenso, cubre buena parte del cuerpo de la actriz.
La convicción de que el contenido y el público cinematográficos pueden tratarse como cualquier cosa, bajo criterios estrictamente mercantiles, han dado como resultado imágenes insólitamente intervenidas, controladas y disminuidas, equivalentes a un libro con páginas en blanco, tachadas o arrancadas, o a una pintura con huecos y borrones ajenos a su autor.
Así, la distribuidora United International Pictures agrega una cuota de grosería y torpeza a la cartelera local, la cual ya soporta un parche virtual de grandes proporciones, al exhibirse casi exclusivamente cintas hollywoodenses, pero ahora inaugura una suerte de “correcciones” específicas, en el interior de las obras. Se trata de un pésimo precedente que podría convertirse en costumbre si la comunidad cinematográfica y el público aficionado lo dejan pasar por alto.
Esta vez fueron censurados los hermanos Farrelly por escenas sexuales. Mañana puede ser cualquier cineasta –llámese Tarantino, Rodríguez, Kim Ki–Duk, Chan–wook Park, Cronenberg, Von Trier, Ripstein, Martel, Michael Bay, Tony Scott o Michael Moore– y por cualquier motivo.
