A cuatro años de la creación de la ley nacional de cine, Colombia se vuelve uno de los casos más importantes dentro de la reciente renovación del cine latino. Taquillas proporcionalmente altas, presencia marcada en festivales e iniciativas importantes alrededor del ‘hacer cine’. Un caso para tener en cuenta
(Para a versão em português deste artigo, clique aqui).
Colocando al cine latinoamericano reciente en perspectiva, salta a los ojos una rápida conclusión: son dos las cinematografías que se destacan en términos de esfuerzos para impulsar la producción nacional. La primera es la de Venezuela, a través de incentivos creados en los últimos años por el gobierno de Chávez y del proteccionismo estatal, que se esfuerza en ahuyentar la sombra de Hollywood y está bastante centrado en la realización de grandes épicos de la historia del país (por lo menos, por lo visto hasta ahora). La segunda es la de Colombia, que hace cuatro años lanzó su ley de cine, más enfocada en la iniciativa privada y a los apoyos a proyectos a través de convocatorias públicas, y que ahora empieza a recoger los frutos de su inversión. El caso venezolano tendrá que quedar para un próximo análisis, y es sobre el segundo que se dedica este artículo, gracias a la experiencia de la autora, que pasó los últimos cinco meses en Colombia.
El audiovisual colombiano vive una fase de euforia en relación a su propio cine: las estadísticas de los últimos dos años indican un gran incremento de público para las producciones nacionales – que, en el 2006 superaron la taquilla de títulos hollywoodenses – y las principales ciudades colombianas ven un boom de creación de productoras que construyen su negocio alrededor de los estímulos de la ley.
Punto de partida: la Ley 814
La fase buena y de tantas expectativas tiene su punto de partida en el 2003, cuando la ley de cine fue promulgada, 10 años después del cierre de Focine, la antigua institución estatal dedicada al apoyo del cine colombiano, creada en 1978. Su fin se dio, según los testimonios colectados por este reportaje, por “mala administración”, culminando en la creación, cuatro años después, del Ministerio de Cultura y de su Dirección de Cinematografía – antes perteneciente al Ministerio de Comunicaciones.
Seis años después de creado el ministerio, la Ley 814 fue lanzada, gracias a un largo proceso bajo responsabilidad del propio ministerio y de un órgano especial creado por él, el llamado Fondo para el Desarrollo Cinematográfico Proimágenes en Movimiento. A través de ella, fueron establecidas normas para el fomento de la actividad cinematográfica en Colombia. “Con el cierre de Focine, se ha creado un vació de estímulos a la producción, que generó protestas por parte de los cineastas. El ministerio, cuando surgió, los convocó para hacer parte de una junta, de la cual participaron también agentes estatales, y discutir la creación de la ley y cómo debería ser la actuación del Estado frente al fomento del cine. Ellos propusieron la creación de la Dirección de Cinematografía y de un fondo de apoyo, y eso es lo que se hizo”, explica David Melo Torres, el director de cinematografía desde la creación del ministerio.
De casi ningún apoyo, los cineastas pasaron a contar con un dinero recaudado vía un “fondo parafiscal”, práctica ya existente en el país, a través de la cual impuestos cobrados en determinado sector son usados para reinversión en él mismo (en el caso del cine, se trata de un porcentaje de las boletas de salas comerciales y que, extrañamente, antes era destinado al fisco y no reinvertido). Otra fuente de recursos creada fue la deducción del impuesto de renta como estímulo tributario para la inversión de capitales privados en cine. Según explica Claudia Triana, directora de Proimágenes, “hicimos un análisis cuidadoso de las leyes de cine en América Latina, principalmente de Brasil y Argentina, y adecuamos sus aportes a la legislación de Colombia”. Por fin, se creó también la titularización, mecanismo visto en pocos países hasta ahora, en que una película puede ser llevada al mercado financiero para que los compradores privados o adquieran a través de acciones – que terminan por generar el apoyo necesario para que ella se concrete.
En todos los casos, el capital arrecadado es administrado por el fondo Proimágenes y distribuido a los proyectos a través de concursos públicos para largos y cortos de ficción y documentales, enfocados en las fases de desarrollo de guiones, producción y postproducción. En 70% de los casos, el apoyo se destina a la producción, considerado el eslabón más débil del sector, según las pesquisas realizadas para la creación de la ley. Los 30% restantes comprenden estímulos automáticos, como los que reciben las películas que son seleccionadas para participar en festivales internacionales, con gastos en difusión y, en pocos casos, también con distribución. “La diferencia fundamental con la ley es que el Estado ha pasado a actuar como coproductor de las películas, ya que las ayudas estatales no son reembolsables”, afirma David Melo.
Elogios versus críticas
Hasta el momento, además de los gestores de la ley, los profesionales en general parecen estar satisfechos con los avances del sector. “En nivel internacional, el cine colombiano es uno de los exponentes que tiene mejor imagen naciente, porque no sólo incluye el incentivo fiscal, sino también el hecho de que un proyecto puede ser especulado en el mercado secundario. Es un ‘plus’ que no he visto en ningún otro lugar, además de una gran atracción para todo el espectro de inversionistas”, opina Cristian Conti, uno de los profesionales que componen la banca de inversión de la recién nacida empresa Dynamo, en entrevista a la revista colombiana Kinetoscopio.
Pero está claro que la ley convive con críticas y críticos (algunas veces, férreos). La primera de ellas tiene que ver con los guiones o, en otros términos, con la calidad del material que está siendo aprobado por el ministerio para la producción de películas que, inevitablemente, se transforman en la cara del nuevo cine colombiano.
En relación a los proyectos recibidos por el Ministerio de Cultura, la elección de los ganadores es realizada según criterios de “calidad técnica y artística, además de la viabilidad financiera” por un jurado compuesto por profesionales nacionales e internacionales con carrera en el medio (entre ellos, ya participaron el crítico José Carlos Avelar, de Brasil, la productora Lila Stantic, de Argentina, y el productor Jorge Sánchez, de México). Para cada convocatoria, hay nuevos jurados, y las decisiones son finalmente evaluadas por el Consejo Nacional de las Artes y la Cultura en Cinematografía (CNACC). Para Claudia Triana, de Proimágenes: “Creo que en el cine colombiano hoy hay muchas más ganas de contar lo que sucede en el país de manera sutil. Están saliendo más historias de amor, comedias y relatos de hechos íntimos – y todas son historias, a la vez, muy colombianas”.
Ya un paso antes, entre las productoras que montan los proyectos, la sensación es que falta calidad. “A nosotros nos están llegando de 120 a 130 guiones, y buenos, buenos son muy poquitos y la gente si tú lo ves y habla con ellos, tiene todas las ganas, pero es gente que no ha tenido la escuela necesaria para lo que generalmente una productora busca”, dice el productor Rodrigo Guerrero – que, después de estudiar y trabajar en Estados Unidos, volvió a Colombia atraído por las nuevas perspectivas que se abrieron con la ley y creó Dynamo en compañía de sus socios – a la revista Kinetoscopio.
Sea por simple evaluación o por razones personales, el hecho es que algunas personas no están seguras de la eficacia de los procesos de aprobación de los proyectos y creen que los temas vencedores en los últimos años son desechables y tienen estética prestada de la televisión. “La televisión colombiana vivió un periodo fértil de reales incentivos. No hubo y todavía no hay un opuesto cinematográfico para ese proceso”, cree Jorge Villa, director especializado en televisión que, después de haber trabajo como docente en el área en la escuela de cine de San Antonio de los Baños, en Cuba, se dedica al cine, pero realizando sus propios proyectos. Profesional de larga experiencia en cine, el crítico Augusto Bernal, también responsable por la escuela de cine Black Maria en Bogotá, ve la ley como un “espejo retrovisor”, que refleja algo que ya se vio en el país. “La ley es la última etapa de un largo viaje, que en realidad empezó con el periodo de Focine. Estamos retrocediendo sobre lo que ya hemos visto: no se trata simplemente de hacer películas, es necesario socializar, profesionalizar y crear cultura audiovisual”, dice Bernal. Y reafirma: “No tenemos identidad cinematográfica. Colombia todavía no ha encontrado su lugar”.
Desde la promulgación de la ley, se estrenaron en el país 30 películas nacionales, de las cuales 24 se dieron con apoyos del Estado. Son proyectos que, según informa el Ministerio de Cultura, difieren en temáticas, calidad, estéticas y tratamientos – sin embargo, todos con “un buen desempeño en las salas”. De hecho, las dos películas recientes nacionales más taquilleras país – Soñar no cuesta nada, con casi 1,2 millones de espectadores, y Rosario Tijeras, con poco más de un millón – son historias bastante comerciales, hechas con actores de televisión, a pesar de girar alrededor de temas de la raíz histórica de Colombia – en el primer caso, la guerrilla y, en el segundo, los jóvenes sicarios de Medellín. Rosario Tijeras, coproducción con México, fue vendida para exhibición a más de 20 países, incluyendo Argentina, Dinamarca, Italia y Polonia. De todos modos, una conquista histórica para el cine colombiano.
Pero hay quien defienda, en esta lucha que en realidad se define entre lo comercial y lo comercial “pero no mucho”, que es hora de que el país cree su propia industria cultural y cuente historias comerciales sin miedo de ser feliz. “Una persona no va al cine para escuchar un discurso político”, afirma Rodrigo Guerrero, quien cree que “para nosotros, realizadores de las nuevas generaciones, el cine no es una bandera, ni un movimiento político, ni un discurso de cambio social (…), pero una cuestión de entretenimiento”.
¿Dónde quedan los documentales?
Otra queja entre parte de los realizadores colombianos es el poco apoyo financiero destinado por la ley a la producción documental. Según Luis Ospina, uno de los documentalistas más importantes del país, nacido en Cali, “mientras el monto para la producción de argumentales es de unos cuatro millones de dólares, hay solamente 120 mil dólares destinados a las convocatorias para documentales”. En octubre de 2007, Ospina estrenó su película Un tigre de papel, realizada en parte con apoyos del Estado.
En un país donde la relación con lo real es tan presente a cada día, esa parece una ecuación realmente desequilibrada, inclusive considerando la evolución, en términos de interese del público y presencia en festivales y salas de cine, que está experimentando el documental en otros países. Es lo que piensa Diego García-Moreno: “Están dando prioridad a la ficción en detrimento del documental. Eso me parece bastante errado, ya que el documental en Colombia es más que importante, es una necesidad”, opina el documentalista de Medellín, cuya más reciente producción, El corazón, fue exhibida en el festival brasileño ‘Es todo verdad’ en 2007.
La reducida atención de la ley con otros aspectos de la producción cinematográfica es otra crítica de García-Moreno. “Necesitamos también otros tipo de ayuda, en que el objetivo sea llevar el cine al público y recuperar sus ganas de ver películas. Es importante hacer cine que se vea y que cree memoria. Porque lo que se está haciendo hoy es puro entretenimiento, y lejos de la gente”.
El desafío de la distribución
Es innegable que, a cuatro años de la creación de la ley colombiana, el sector tuvo una renovación histórica en el país. Datos recientes apuntan 14% de espectadores conquistados por el mercado nacional – número más alto de los que tienen, por ejemplo, Brasil y Argentina, dos países cuya industria cinematográfica es considerada fuerte dentro de Latinoamérica. Pero… ¿Quienes están viendo esas películas?
“El problema de la distribución en Colombia es inmenso. El número de salas está alrededor de 450, un número muy bajo para un país de 40 millones de habitantes. Y están concentradas en los grandes centros urbanos: no más de 50 municipios, en un total de 1.100, tienen proyección en 35 milímetros”, revela el director de cinematografía David Melo, que, a pesar de las dificultades, ve esperanza para el sector de distribución dentro de los planes futuros del ministerio. “Estamos pensando en nuevas alternativas, con la salida digital y el combate a la piratería, que es la gran enemiga de las salas de cine convencionales en Colombia hoy”.
Otro “enemigo” sería, según Federico Mejía, de la distribuidora independiente Babilla Ciné, el acceso de las películas a las multisalas y la dramática disminución de las salas de arte y ensayo en el país. “Además de estos factores, no contamos con los recursos económicos necesario para combatir la competencia y promover las películas ‘alternativas’, sean colombianas, latinas o de otro origen. Nuestra principal esperanza termina siendo la publicación espontánea de artículos en la prensa”, cuenta.
Lo que para él, sí, es un aspecto positivo es que, en la capital, son cada vez menores los intervalos de tiempo entre los estrenos internacionales y la exhibición de estas películas en Colombia. “La oferta fue ampliada, si comparamos con 10 anos atrás. El problema continua en las ciudades intermedias, donde el acceso al cine independiente es muy limitado”, afirma Mejía, que explica que Bogotá llega a representar 75% del mercado.
¿Colombia en sus quince minutos?
Todavía es temprano para considerarlo una tendencia, pero el hecho es que algunas películas colombianas han ganado la atención de distribuidores y buenas críticas en las muestras internacionales. La misma buena onda, en otro escenario, fue lo que impulsó a Argentina en los últimos en festivales importantes, como el de Berlín. Si el buen momento dura, Colombia puede entrar en sus 15 minutos de fama.
En 2007, PVC-1, del joven director colombiano de origen greco Spiros Stathoulopoulos, llamó la atención en Cannes y se ganó varios premios, incluyéndose el Silver Alexander, en el festival de Thessaloniki, en Grecia. Otra muy buena conquista nacional es la selección de Perro come perro, de Carlos Moreno, para la principal muestra extranjera de Sundance en enero de 2008. Es la primera vez en la historia que una película colombiana es seleccionada para el evento, el principal del cine independiente en el mundo.
Ya en el ámbito de los remakes, quien puede conmemorar es el director Juan Felipe Orozco, cuya película Al final del espectro (2006) fue comprada por el productor Roy Lee (The ring 1, 2 y 3 y Dark water), de la Vertigo Entertainment, en Hollywood. Con dirección del mismo Juan Felipe, la nueva versión deberá salir en 2009 con el título provisorio Alone y Nicole Kidman de protagonista.
Y con suerte, quien sabe Satanás (foto), adaptación para el cine de la obra literaria de mismo nombre por el director Andrés Baiz, consigue un lugar en el Oscar-2008. La película, escogida para ser el candidato colombiano a la premiación, tuvo cerca de 460 mil espectadores en las salas del país y todavía no fue lanzada en DVD. No que esa una gran esperanza para aumentar sus ingresos: el mercado de home video en Colombia es casi inexistente, prácticamente limitado que está a una colección de los “mejores del cine colombiano” y dominado en 85% por los piratas.
Apagando la luz y volviendo a encenderla
Como afirma Cirro Guerra, joven realizador egresado de la Universidad Nacional de Colombia, una de las pocas en el país en ofrecer formación académica en el área de cine: “Hay un gran optimismo. La ley de cine abrió la posibilidad de hacer muchas más películas en Colombia, de promoverlas adecuadamente, y el público está respondiendo en grandes cantidades. Ahora el objetivo es mejorar la calidad”.
Su opera prima, La sombra del caminante, que se ganó 15 premios pasando por 52 festivales de 45 países, es una de las esperanzas locales de creación de un cine de potencial comercial, pero con marca de autor. Ciro, que ahora está en su segundo proyecto, titulado Los viajes del viento, cree que el cine de su país enfrenta todo tipo de problemas – “de dramaturgia, de narrativa, de legislación, de comercialización y distribución, de difusión…” – pero ya considera posible, con la nueva fase de estímulos, “tratar de hacer películas sin morirse de hambre”.
Él probablemente tiene buenas razones para no perder la esperanza – y no sólo dentro de la vena de la producción. Iniciativas alrededor del ‘hacer películas’ también han generado gran optimismo. Son ejemplos de eso el hecho de que nuevos realizadores, inclusive experimentales, exhiban sus cortos en el espacio cedido por InVitro Visual; la exposición de 110 años de cine colombiano en el Museu Nacional de Bogotá, que invita el público a conocer su historia cinematográfica; y la asociación entre distribuidoras como Babilla Ciné con la Rain, empresa brasileña especializada en tecnología para exhibición digital.
Como concluye el crítico Augusto Bernal: “¿El camino? Que el último en salir apague la luz y que el primero en llegar la vuelva a encender. No resta otra cosa que continuar. Cine es cuestión de consciencia y de formación”. El momento en Colombia es bueno y, sin lugar a dudas, ya alcanzó conquistas importantes, a pesar de lo que hay por arreglar. Que continúen y que conquisten espacio en América Latina y en el mundo.
Servicio:
* Para más datos sobre cine colombiano, visite: www.proimagenescolombia.com.
* Única revista colombiana impresa especializada en cine, Kinetoscopio: www.kinetoscopio.com.
* Festival de Cartagena, el más conocido en Colombia: www.festicinecartagena.org.
* Festival de Cine y Video de Santa Fe de Antioquia, un festival diferente: www.festicineantioquia.com.
* Más sobre la ley de cine en Colombia: Cine en Colombia – Siéntalo, entiéndalo y hágalo. Por Gonzalo Castellanos Valenzuela. Proimágenes en Movimiento, 2006.
Por Camila Moraes
